Por: Maricarmen Alfaro

Cuidar de las personas está en el centro de la profesión y requiere que el enfermero entre activamente en la situación de aquellos que sirve, demandando una inversión emocional, psicológica y física de sí mismo. Nuestra naturaleza nos hace tomar la carga emocional de cuidar a las personas en algún nivel de crisis, entrando activamente en dicha crisis y haciendo la inversión personal de compartir libremente la compasión con las personas que sufren. Así que mientras desempeñamos labores físicas concretas, el producto esencial que estamos entregando es nosotros mismos; esta labor diaria, sumada a los quehaceres y preocupaciones personales, termina en tensión, impaciencia y prisa, lo que deriva en un costo conocido como fatiga de la compasión, estrés postraumático secundario o contra-transferencia. No es un concepto equivalente al burnout, mucho más conocido en enfermería y otras profesiones demandantes, que es relativamente predecible y tiene sus propias características.

En la fatiga de la compasión hay una preocupación persistente con el trauma individual o acumulativo de los pacientes que se manifiesta en una o varias formas psicológicas y físicas. Los síntomas de la fatiga de la compasión con frecuencia son paralelos a los de la población que es atendida, y el enfermero trata con ahínco de dar más de si mismo, a pesar de un sentimiento de fallar a la profesión, encontrando difícil mantener el equilibrio necesario entre empatía y objetividad, intentando dar mas y sintiéndose en una espiral absorbente que termina convenciéndolo de que no puede dar más.

Uno de los mayores desafíos al tratar con la fatiga de la compasión es el ser capaz de reconocerla, pues los síntomas son tan amplios y no específicos que el enfermero afectado podría no darse cuenta de que la padece: olvidar las cosas, poner menos atención, sentirse deprimido o triste, algunos síntomas físicos como cefalea o dolor abdominal, incluso enfermarse más fácilmente o sentirse fatigado la mayor parte del tiempo. Desafortunadamente, ponemos nuestra atención a los signos y síntomas de los pacientes, pero tendemos a ignorar los propios.

Una sencilla prueba que nos permite auto-valorar nuestro estado de riesgo de padecer la fatiga de la compasión consiste en responder o no a las siguientes condiciones, siendo cuatro o más respuestas con un indicador de riesgo:

  • Las preocupaciones personales se involucran comúnmente en mi papel profesional.
  • Mis colegas parecen no comprender.
  • Encuentro enormemente agotador realizar aun los pequeños cambios.
  • Parece que no me puedo recuperar rápidamente después de una asociación con trauma.
  • La asociación con trauma me afecta profundamente.
  • El estrés de mis pacientes me afecta profundamente.
  • He perdido mi sentido de esperanza.
  • Me siento vulnerable todo el tiempo.
  • Me siento abrumado por asuntos personales pendientes.

Independientemente de recurrir a una valoración profesional, el enfermero debe reconocer que tiene la obligación de ofrecer compasión por sí mismo, la persona más importante para el paciente. Para poder cuidar de otros, debemos encontrar formas de conservar y reponer las reservas físicas y emocionales, a fin de poder ofrecer algo a los demás. Hay que desconectarse del ritmo imparable, dar un paso atrás y apreciar nuestra vida, tener tiempo privado de calidad, recrearse y restaurar la energía. Siempre está la posibilidad de encontrar alguien confiable con quien hablar, con quien ser vulnerable, una persona comprensiva y que nos brinde su apoyo.

Un régimen regular de ejercicio ayuda a aliviar el estrés, refuerza el sistema inmune e incrementa las reservas físicas de energía. Una dieta equilibrada y el tiempo apropiado de descanso y sueño son fundamentales, y se pueden incorporar la tarea de re-encontrar el sentido del humor, pues el reír nos abre a los sentimientos de gozo, esperanza y amor, con efectos no solo psicológicos sino también físicos; una reunión con amigos e incluso la práctica de Hasyayoga son alternativas para reír de manera espontánea.

Finalmente, al trabajar para protegerse de la fatiga de la compasión o al trabajar hacia la recuperación, considere los siguientes puntos:

  • No tome grandes decisiones; el estrés puede nublar el pensamiento.
  • No culpe a otros; ni siquiera se preocupe por buscar culpables.
  • No se queje; en vez de una persona estresada y descontenta, tendrá dos o más.
  • No busque la solución rápida; se trate de alimentos, drogas, trabajo, sexo o compras, los comportamientos adictivos pueden dar la sensación de apagar el dolor, pero terminan complicando enormemente la vida.

Tómese el tiempo para nutrir, renovar y cuidar de si mismo, para que pueda cuidar de los demás; mantenga la emoción y la energía que lo llevaron originalmente a ser un enfermero.

Fuente:

  1. Nursing CE | MyFreeCE. Disponible en: http://www.myfreece.com/
  2. Pfifferling, J., & Gilley, K. (2000). Overcoming compassion fatigue. Family Practice Management, 7, 39-45.

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