Lidia estaba limpiando la habitación de mi paciente que iba a ser dada de alta. La paciente recibiría cuidados paliativos en su casa, su madre estaba coordinando los últimos detalles con su seguro; de pronto le comunicaron que no instalarían la cama clínica porque tenía que hacer un depósito de una cantidad de dinero antes que la instalen, la madre pidió un plazo para pagar esa primera cuota, que inmediatamente le negaron. Por cierto la asistenta social ya había agotado toda ayuda; Lidia continuaba con la limpieza y era testigo presencial de aquel cuadro triste.

Trate de brindarle mi apoyo a la amorosa madre y le dije que hablaría con la asistenta social nuevamente, a lo que ella contesto: “Honestamente siento que ya me han ayudado mucho, la asistenta ya agoto todo cuanto era posible”, le dije que de todas maneras haría del conocimiento de la asistenta lo ocurrido, ella estuvo de acuerdo y replicó: “No creo que ella pueda hacer mas.” Me retire de la habitación y aun Lidia no terminaba con su labor.

Después de hablar con la asistenta social el panorama fue desalentador, volví al cuarto a informar lo ocurrido; cuando vi a la madre tenía otro rostro, estaba muy contenta y tenía un brillo muy especial en los ojos, yo quede sorprendida de tal cambio, cuando le pregunte que sucedió, ella contesto: “Ya no tengo que preocuparme por la cama, ya tengo el dinero”, y luego añadió: “Fue Lidia, insistió que aceptara su dinero y me pidió que no contará a nadie que fue ella, pero te cuento a ti porque tu eres la enfermera de mi hija”.

La actitud de Lidia es el gesto más noble que vi en todos los años de experiencia que tengo, probablemente fue la mitad de su salario del cual voluntariamente se desprendio.

Al cabo de unos días vi a Lidia y le agradecí por el gesto que tuvo, ella contesto: “La agradecida soy yo porque tengo a mi hijo sano, tenía ese dinero para comprarle la tablet que el tanto quería, iba a comprárselo ese día, pero al ver el sufrimiento de esa madre no dude ni un segundo en que lo que estaba haciendo era lo correcto y sabía que mi hijo lo entendería, y así fue. En realidad ese fue el mejor regalo que mi hijo pudo recibir, la felicidad y tranquilidad de otro.”

Es increíble el amor que puede existir dentro de un ser humano, imitemos a Lidia y hagamos felices a otros.

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