POR: YIUVANY AGUILAR

Una mañana durante la ronda médica pude percibir  la mirada de profunda compasión del médico, seguido de un silencio petrificante, sus manos se posaron suavemente en mi hombro, y luego las sutiles palabras que nunca quise oír:  “Lo siento,  ya no hay nada mas  que hacer”; mi cuerpo se paralizo, un frío extraño invadió mi alma, perdí el sentido de orientación, un  sentimiento de odio y frustración invadieron completamente mi ser, la impotencia de no poder hacer nada, un dolor  que no tiene  consuelo, la sensación que te arrancan el alma,  una sentencia a una despedida inminente,  la aparición de una gran sombra en tu camino, que te recuerda que los  días están contados,  y el solo hecho de pensar que el día de la partida de mi pequeña hija estaba a la vuelta de la esquina, me quitaba el oxigeno impidiéndome respirar,  en mi mente se proyectaban muchas escenas que no quería ver, yo no tenia control sobre el… Sentí que era el primer paso de un camino  lleno de dolor y tortura…

Después de volver a tener uso de razón y volver a la realidad aceptamos los cuidados paliativos, la palabras del medico fueron: “No se trata sobre la muerte, se trata sobre la vida”, y aunque pueda sonar algo confuso  para algunos,  para mi fue muy  claro, aun en esta etapa de la vida se podía hacer muchas cosas para mi pequeña. Después de todo  no tenia otra opción.

En el proceso,  el apoyo de cada miembro del equipo fue crucial,  absorbí cada palabra de aliento, me alimente de cada abrazo, sentí las manos mas cálidas que jamás había sentido, había quienes me prestaban atención como si no tuvieran otra cosa que hacer, nunca miraron el reloj o nunca me interrumpieron cuando yo hablaba, hubo un enfermero que lloró conmigo como si se tratara de su propia hija, ver el esfuerzo de cada miembro del equipo de salud  por darle la mayor tranquilidad posible a mi hija me dio mucha paz, se ganaron mi confianza y mi agradecimiento por siempre.

Sin embargo con mucho pesar debo reconocer que no todos estuvieron a esa altura, pues también fui testigo de la prisa, de la falta de tino, de la poca empatía de algunos, de comentarios inapropiados, de preguntas inoportunas y otras cosas mas que no vale la pena mencionar, Solo quien ha tenido un familiar en estas circunstancias puede entender el  gran impacto que esto causa; pero como antídoto perfecto están los profesionales humanos, aquellos a quienes sin dudarlo podemos llamarlos ángeles, aquellos que emiten una energía positiva que tu eres capaz de percibir como una ola sanadora, aquellos a quienes agradeceré por siempre.

Tu actitud cuenta, tus palabras cuentan, y muchas veces hasta tu silencio cuenta…

GRACIAS!

Cuidados paliativos –Stanford

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