Nadie me había dicho cómo sobrellevar el dolor propio, sabía cómo ayudar a guiar cuando el dolor era ajeno…

Llevo 16 años cuidando a pacientes en fase terminal, conozco su entorno, cómo movilizarlos, qué medicación debe administrase, cada cuanto tiempo debo cambiarlos de lugar, cómo interpretar sus facies de dolor… Todo eso conozco del cuidar a otros. Cuanto más tiempo laboras, más conoces, más destreza, más herramientas, más capacidad… Todo parece que fluye y que estamos tan inmersos que la muerte llega en silencio como si no pasara nada.

La primera noche que pasé con mi abuela en una habitación de un Hospital del estado, pensaba que todo era momentáneo, que nada malo pasaría, al cabo estábamos recomendados y teníamos a la Virgen de la Puerta siempre a diario; pasé la noche sentada en una silla de ruedas, mirándola en silencio, con esperanza de que sería unas cuantas noches nada más. Y esa esperanza es la que fortalece, la que ayuda a crear imágenes futuras, de bienestar, de equilibrio. Pasaron días y no había mejoría, fue cuando hicimos un traslado de urgencia, el cuadro sencillo se complicó, se comenzó a oscurecer todo alrededor, fue ingresada a una habitación de otro hospital, nos llamaron de pronto.

Conversamos con los especialistas, un cuadro de neumonía complicó su estado, pasó de sencillo a crítico en menos tiempo de lo que imaginamos… Pero igualmente fortalecidos, llenos de fe… Y rememorando cada uno de los momentos vividos, que no serían igual, pero que seguirían existiendo todavía.

Al ingresar a la habitación donde la colocaron, estaba con una mascarilla de oxígeno, y muy confusa, miré sus manos y toqué su rostro porque no me convencía que era ella… Su rostro palidecido, miraba al vacío, una respiración jadeante profunda, de lucha, inquieta… En qué momento amaneció la muerte en su lecho. Cuanto tiempo pasó que no me quise dar cuenta que la enfermedad nos ganó y a galopes llegó a su meta, cuanto tiempo pasé sin mirar, sin escuchar, sin hablar de la proximidad de la muerte… Cuanto tiempo y cuantas frases esperanzadoras llenas de temor opacaron mi realidad y no me permitieron palpar el dolor próximo.

Caí de rodillas frente a su cama, llorando sin cesar, con ese llanto real de la pérdida, con ese llanto real y profundo que sale del vientre, con ese sollozo pausado que ahoga… Mirando mi miseria ante la voluntad de la vida, observando alrededor que el tiempo no regresaría y que nada era una ilusión, era una realidad. Me acerqué a sus manos y las besé mucho, mucho, muchas veces, nos miramos un largo momento, y me consolaba con una sonrisa de entendimiento, esas que quieren convencerte de que todo estará bien con ella… Esas miradas de que me voy pero te dejo, esas miradas de ira y a la vez de pena.

Cuanto tiempo pasó, y no me di cuenta.

Cuantos momentos perdí, sin besarla , sin sentir su calor, sin mirarnos mutuamente… Cuanto tiempo pasó y no me dí cuenta.

Mirando dolores ajenos, no pude mirar el mío, mirando dolores ajenos, ayudando a sobrellevar la muerte de otros, no aprendí a mirar la muerte rondando mi entorno. Y qué es la muerte, con qué derecho nos arranca lo que amamos… Como culpamos a un nombre, a una imagen imaginaria, dibujada de color negra, solitaria… La muerte es una sola, y no nos arranca nada, es un nombre que se le da a ese proceso de final de vida, pero de inicio de otra. La muerte es solo eso, un nombre.

Tuvo que pasar mucho tiempo para poder mirar con compasión a mi alrededor y mirarme nuevamente y confiar en mí… Perdí mucha fortaleza y fe en mí, me sentía incapaz de poder acompañar en duelos, me sentía incompetente, fracasada, no había sido capaz de darme cuenta de la cercanía de la muerte en el ser que amaba tanto.

Tuvo que pasar un tiempo para permitirme sufrir, llorar, cansarme, dormir, sentir pena, apartarme.

Tuvo que pasar un tiempo, ahora sigo en pie, esta experiencia dura me ha permitido conocerme realmente, mirarme con amor y permitirme ser yo, un ser humano mortal, capaz de perder, capaz de acongojarse.

Lo más importante es saber que puedo volver a perder, pero la muerte llegará algún día a mi entorno, mas no me sentiré desvalida nuevamente, porque todos los días los vivo como si fuera el último y amo, beso, acompaño, conforto, abrazo a diario.

Con amor, para mí.

Maricarmen Alfaro